viernes, 29 de junio de 2007

La adopción de la gaviota

Debo reconocer que hasta ayer me sentía sola. Hasta ayer. Justamente ayer dejé, por la mañana, la ropa –mi ropa ex sucia- tendida en los cordeles de metal revestidos de plástico de un tendedero de tijera en el cuarto que hace las veces de secadero. Llegué tarde y me tumbé en la cama sin desvestirme. Cerré los ojos para hacerme amiga del sueño pero una especie de graznido o risa histérica recurrente me hizo abrir y cerrar los párpados tres veces por segundo. Me levante desesperada, despotricando de lo humano y lo divino. Decidida.

Mi sujetador favorito que yo había sujetado por la mañana con una pinza naranja y otra malva estaba siendo devorado por una gaviota de pecho blanco y pico largo.

La he adoptado. No hay una razón concreta. En realidad, he heredado la costumbre de ver a las aves como ratones alados; fue mi madre, la primera vez que dio un respingo desmesurado frente a un gorrión, quien me invitó a tomar esta manía por costumbre.
Creo que la gaviota, mientras masticaba mi ropa, lo intuía. Por eso vino.
Esperaba de mí un cambio, una reacción. No la tuve; permanecí de pie, junto a ella, contemplando su masticación, sin pestañear. No sentí asco, ni rabia. Había perforado ya tres de mis mejores sostenes. No me importó. De hecho, los recogí del suelo y encontré que la forma de los nuevos agujeros les daba un aspecto más sexy. Quizá a Adolfo le hubiera gustado. Él sentía esa debilidad. Por la ropa interior llamativa, ajustada, con poca tela.
Ahora mi sujetador mostraba un enorme agujero a la altura de un pezón. Con él puesto, adquiría un aspecto de matrona que me resultaba extrañamente erótico.
Adolfo siempre quiso darme un hijo. Por eso adopté a la gaviota. A él jamás le consentí que me hinchara el vientre con sus células sexuales.
Creo que siento cierta aversión por la maternidad; albergar a un ser extraño, venido de la unión de mis células con las de otro que unos años antes era un completo extraño. De pronto, decides que quieres compartir el resto de tu vida con él, reproducirte con él, regarle tu tiempo, hacerle cómplice de tus ilusiones, de tus planes, que dejan de ser individuales para ser primero de pareja, luego grupales.
Los hijos. Esos seres invasores que dominan tu capacidad de libre albedrío. Los tienes y ya no hay vuelta atrás. Tienes que esperar 18 años para deshacerte de ellos legalmente, toda una vida si quieres desembarazarte de su presencia de forma biológica.
Mi gaviota no. Ignoro el tiempo que aguantará conmigo, pero será lo bastante corto para que a su marcha la eche de menos, porque aún estoy aprendiendo a convivir con ella.
La importancia de la novedad.
Los pájaros lo saben.
Por eso emigran.
Pero Paula (mi gaviota) se queda.
Ella no vino con el libro del queso bajo el brazo. Ella no conoce la predisposición al cambio. Ella es estática como un ratón sin alas. Por eso me gusta. Paula.

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